
A veces, por supuesto, usted sonríe. Y no importa lo linda o lo fea, lo vieja o lo joven, lo mucho o lo poco que usted realmente sea. Sonríe, cual si fuese una revelación y su sonrisa anula todas las anteriores. Caducan al instante sus rostros como máscaras, sus ojos duros, frágiles, como espejos en óvalo, su boca de morder, su mentón de capricho, sus pómulos fragantes, sus párpados, su miedo. Sonríe, y usted nace, asume el mundo. Mira, sin mirar, indefensa, desnuda, transparente. Y a lo mejor, si la sonrisa viene de muy de muy adentro usted puede llorar, sencillamente sin desgarrarse, sin deseperarse, sin convocar la muerte ni sentirse vacía. Llorar, sólo llorar... Entonces, su sonrisa, si todavia existe, se vuelve un arcoiris.
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